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En búsqueda del hombre matinal

Publicado en la Revista El Auqui N°6 2014

Marcos Fonseca

Publicado: 2015-01-24


Octubre es un mes morado de costumbres y tradicionismo. El mismo, nos da la oportunidad de profundizar sobre lo que es la mística revolucionaria. Pues, en estos tiempos de hombres de poca fe en proyectos colectivos para la mayor cantidad de felicidad común y de esperanzas de emprendedurismo individual ilusorio se hace necesario volver a José Carlos Mariátegui. Este retorno de ninguna manera es para repetir o copiar, sino para continuar la interpretación de la realidad peruana y el desarrollo de la deuda de la revolución socialista.

Los escritos de juventud de José Carlos, llevan impregnados una gran carga de religiosidad cristiana, la cual es producto de la formación católica que recibió de su madre. Después del regreso del exilio en Europa, su lenguaje no varió, mas si el mito que le daba sentido a su vida. José Carlos pasó a organizar agónicamente los instrumentos para la transformación. Primero, el Frente, hasta la disolución del mismo por el caudillismo de Haya de la Torre. Después el Partido Revolucionario de Masas. El cual es una tarea histórica inconclusa en esta larga y sombría noche de búsqueda de estrellas.

Al Amauta podemos entenderlo como un heresiarca. Él, que adoptó al marxismo como brújula y no como verdad absoluta y rígida, desarrolló para su época –y para todos los hombres que anhelan una transformación- el concepto soreliano del “mito”, adecuándolo a las condiciones concretas de su tiempo. El mito es la mezcla de pensamiento y acción en el combate, la lucha, la agonía. Es la convicción, la fe, la pasión, la política revolucionaria a la altura de la religión. Una fe adorable que el destino blasfema y que quiere el cielo en la tierra; una fe que se empeña en ser amor eficaz, como proponía el sacerdote guerrillero del Ejército de Liberación Nacional, Camilo Torres Restrepo. Es una fe que inquieta y guía a la transformación como espada en Mateo 10; y no una fe que se limita a la contemplación como espera del devenir de los hechos, o la copia y calco de la letra muerta que no contiene el espíritu de las nuevas necesidades profundas del hombre y la humanidad.

Algunos marxistas de la época del Amauta -inclusive de ahora- se mostraron disconformes con la idea del mito. Ciegos por su determinismo y análisis mecánico –como si los hombres fuéramos meros elementos que cumplen con el ritmo histórico sin sentir en lo más mínimo los avatares del yo profundo- no logran comprender que los hombres no viven su existencia como simples tuercas y repuestos de una máquina, sino que palpan su realidad personal como batallas quijotescas del día a día. Hechos que demuestran que la sociedad socialista en germen necesita hoy en día de grandes cargas de pasión subjetiva e intersubjetiva para su construcción, puesto que ésta última se ha extraviado entre las muchedumbres.

La guerra interna y otros aconteceres mundiales nos trasladaron a un nuevo escenario. La época pre-conflicto, alumbrada por el mito de las revoluciones internacionales, inducía a los varones y mujeres de buena voluntad a aventurarse en cumplir su rol histórico de cambio. Para ellos la revolución estaba a la vuelta de la esquina y vivían el día a día con una fe desconocida para las juventudes contemporáneas. Es cierto, el surgimiento y movilización de Sendero Luminoso también fue factible debido a la creación de su propio mito. Sin embargo, el mito que propugnaban era sostenido sobre las bases de un solo hombre y no del pueblo. Capturado el hombre, la organización perdió el mito. Por tal motivo, el mito debe ser iconoclasta.

Durante la evolución del conflicto y la escena post-conflicto se generó un psicosocial nacional que en muchos casos es acrecentado por medio de la prensa con fines que apuntan a desprestigiar las luchas por el cambio democrático y patriótico. Lo cual causó la percepción del mito como estigma. Y que sumado a la caída del bloque soviético dieron inicio a la decadencia mística de las nuevas generaciones por no comprender que el mito no es una realidad foránea en proceso sino la exigencia del hombre matinal en búsqueda de la promesa humana de la tierra prometida, la tierra de la igualdad y la libertad. Las manifestaciones por la democracia y la lucha contra el modelo neoliberal dieron pie a la movilización de juventudes durante la década de hegemonía fujimontesinista. Pero, en aquella ocasión, la oportunidad no fue aprovechada ni un nuevo mito introducido en el imaginario realizable de la población.

Hoy en día, el panorama es como el cielo limeño. Los hombres se resisten a creer y construir. El escepticismo y el derrotismo campean por todos lados, sobre todo en las ánforas. Los jóvenes tienen por mito el balón, la ropa, las juergas y el tecnicismo. La polarización social –excepto en épocas de elecciones- son por causa de los Partidos león, cobra, U, Alianza o sectores de las incontables iglesias cristianas. Las universidades son burbujas de reflexión sedentaria y adoración al título pero no de acción y organización de cara a la excelencia de la transformación. Son lugares infecundos para la creación e impulso del mito.

Sin embargo, no hay hegemonía que no produzca contra-hegemonía. Actualmente la vieja izquierda cumple el rol de trasladar sus experiencias a las nuevas generaciones. Solo de este modo, siendo ruptura de las equivocaciones y continuidad de las luchas históricas, conservando la tradición revolucionaria y superando los aciertos y desviaciones, podremos continuar la gran marcha en búsqueda del amanecer y el acercamiento al nuevo sol, al nuevo inti, al nuevo mito. El pesimismo no nos derrota y el secreto de nuestra fuerza yace en el idealismo materialista de la fe revolucionaria. El mito volverá a nacer como un movimiento telúrico matinal de octubre, del Cristo morado y del Dios de Pachacamac.


Escrito por

Marcos Fonseca

Mis juicios se nutren de mis sentimientos, de mis pasiones. JCM


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